Cuando vamos caminando, a veces salen a nuestro encuentro esas sendas que se apartan de lo establecido en las leyes humanas; puedes desviarte o no.

Si eliges avanzar por alguna de esas direcciones equivocadas, ciertamente, deberás pagar un gran precio.

Puedo imaginarme que todos tenemos la opción de elegir (¿o quizá no?).

Muchos han decidido vivir en ese mundo inquietante de la delincuencia. Puede que algunos se hayan creído impunes por su situación personal; habrá quienes piensen que no les quedaba otra alternativa. Cada cual sabrá por qué decidieron jugarse su paz a cara o cruz.

Pobre gente aquella a la que le ha tocado delinquir.

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Agustina se levantó, como todos los días, nada más asomar por su ventana los primeros rayos del sol. No necesitaba ningún artilugio que la despertara con sonidos estruendosos; al fin y al cabo, no tenía ninguna obligación que cumplir. Desde hacia ya mucho tiempo, no recordaba cuánto, su única tarea diaria era la de sentarse en su mullido sillón y mirar por la ventana a la gente caminando de un lado para otro.

Alguien pulsó el timbre (que tenía un sonido dulce de campanillas repiqueteando). Se agarró fuertemente a su andador y a paso lento se encaminó hacia la puerta.
Pensó —¿Quién diantres será y qué querrá a estas horas de la mañana?—. Y refunfuñando agarró la manilla de la puerta con la intención de abrir, pero se detuvo y miró a través de la mirilla. Encarada a la puerta había una mujer rechoncha que parecía estar algo alterada; se quedó mirándola unos segundos y sintió un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo. Pensó que lo mejor sería no abrir, pero el timbre volvió a sonar varias veces; estaba claro que esa mujer no pensaba darse por vencida. Esa insistencia aún le hizo temer más por su seguridad y decidió que, aunque fundiera el timbre, ella no pensaba abrir la puerta, así que, haciendo oídos sordos, se volvió a su esponjoso sillón y dirigió su mirada hacia una furgoneta blanca que había aparcada debajo de su ventana.

Le llamó la atención unos dibujitos rojos en los laterales del vehículo; y, sobre todo, esos dos fortachones con los brazos cruzados y con cara de pocos amigos que parecía que esperaran a que algo ocurriera.

Ahora no estaba sonando el timbre, ahora estaban aporreando la puerta de tal manera que mismamente parecía que la iban a tirar abajo. Se oían voces fuera, pero no conseguía entender qué estaban diciendo. Empezó a temblar y su corazón le palpitaba tan fuerte y tan seguido que pensó que se le saldría de su sitio. Se acurrucó en el sillón y se tapó la cabeza con la pequeña manta que usaba para echarse sobre las piernas.

Escuchó un sonido metálico y cómo estaban trasteando la cerradura. De pronto la puerta se abrió con un fuerte golpe. Escuchó los pasos de varias personas acercándose a ella. Alguien agarró la manta que cubría sus piernas y de un tirón la echó a un lado. Levantó la cabeza y vio a esos dos hombres, los que estaban junto a la furgoneta, y a esa mujer regordeta que había estado llamando insistentemente a la puerta. Esa mujer, a la que ella no reconocía, la increpó muy alterada: —mamá, nos has dado un susto monumental: hemos estado al borde del infarto todos estos días. Es la última vez que te escapas de la residencia. A partir de ahora te cerrarán la puerta de tu habitación con llave y no te dejarán ni a sol ni a sombra. Te has portado muy mal—.

Agustina preguntó: —¿Por qué me llamas mamá? ¿Quiénes sois vosotros y qué queréis? Dejadme en paz o llamaré a la policía—. Pero no había terminado la frase, cuando los dos hombres se le echaron encima y, a la fuerza, la cogieron cada uno de un brazo; la sentaron en una silla de ruedas y la sacaron a la calle en dirección a la furgoneta.

Agustina escuchó llorar a esa mujer que la llamaba mamá, pero no entendió el porqué de sus lágrimas. Sus miradas se cruzaron, pero los ojos de Agustina estaban vacíos.

Ella solo podía pensar en estar sentada en su cómodo sillón junto a su ventana.

Sobre la pegajosa y resquebrajada mesa de madera, se hallaba el pequeño reloj de arena. Sin prisa pero sin pausa, iba dejando caer un grano tras otro.

Manuela lo miraba temerosa. Se recostó en su viejo colchón de espuma y esperó a que cayera el último grano.

Su tiempo había terminado.

Siento que la muerte me acecha.

Noto su negra presencia detrás de la ventana.

Su gélida mirada atraviesa el cristal.

Mi figura lánguida se pierde entre las sábanas.

Mi cuerpo se diluye con negras sombras.

Mi pensamiento vuela fuera de mí.

Mis ojos se cierran lentamente.

Oscuridad total, espanto absoluto.

Quiero gritar, pero en mi boca solo hay silencio.

Estar en la nada es lo mismo que estar sin estar. Sí, tu presencia física está ahí, pero tu esencia como ser vivo no.

A tu alrededor hay movimiento; el día da paso a la noche y la noche al día; las personas entran y salen, vienen y van, pero tú no estás ni aquí ni allá.

El sonido de las voces es un murmullo lejano, no te interesa qué dicen, no importa, estás aislado.

Tus sentidos apagados y los sentimientos amordazados.

No hay futuro ni presente; todo quedó en el pasado.

De los pocos que lograron sobrevivir, solamente dos recordaban, a duras penas, como había sucedido todo. El maldito virus había conseguido contagiar a toda la población.

El egoísmo había alcanzado límites insospechados; la maldad se dejaba ver en el rostro de todos los humanos. Nadie se atrevía a salir de su casa si no era con la cara tapada, ya que se habían desfigurado de tal manera que causaba náuseas mirarlas.

Las organizaciones de ayuda a los necesitados tuvieron que cerrar por falta de gente a la que asistir, todos los pobres habían terminado muriendo de asco. Los hospitales también cerraron, el coste de mantenimiento había llegado a ser tan alto que era imposible mantenerlos.

Poco a poco, los ancianos fueron abandonados a su suerte; y, encerrados en sus casas, terminaron muriendo de soledad sin necesidad alguna de asistencia médica. El olor a cadáver impregnó todos los rincones del planeta.

Solo las ratas salían de sus escondrijos para buscar algo que llevarse a la boca. Conseguir comida era algo casi imposible, pues los campos fueron abandonados y las fábricas cerradas. Ya no quedaba mano de obra para nada.

La estupidez se propagó de tal manera que el hombre ya no era un semejante, era un enemigo al que había que exterminar.

Cuando vinieron a darse cuenta solo quedaban unos pocos escuálidos mutilados. La procreación quedó en el olvido.


No pasaría mucho tiempo hasta que esos pocos acabaran por desaparecer definitivamente.

Se levantó, se miró al espejo y se preguntó qué máscara se pondría hoy para salir a la calle. Ese día iba con el tiempo justo, no podía entretenerse ni un minuto, así que cogió la que más a mano tenía y sin pensarlo mucho se marchó a su trabajo.

Notó cómo las miradas de los demás se le clavaban como puñales al cruzarse con él; sintió los cuchicheos a sus espaldas. Se encogió de hombros, y resignado siguió por su camino a paso lento.

Llegó a la fábrica y se dirigió a su puesto de trabajo con la cabeza gacha; escuchó como sus compañeros se reían intentando disimularlo al pasar por su lado. Sin poner demasiado interés en el por qué de ese comportamiento llegó a su máquina y comenzó a ponerla en marcha.

Tras un largo y duro día de trabajo regresó a casa.

Como un autómata se quitó la máscara, colgó el abrigo en el armario y entró en el dormitorio; encendió la estufa y destapó la cama. Fue al cuarto de baño y se miró en el espejo; vio en su cara una expresión de desaliento, arqueó las cejas y dijo para sus adentros —otro día más, otro largo y penoso día—. Una lágrima recorrió su rostro.

Estaba casi a punto de dormirse cuando, de pronto, le vino a la cabeza la imagen de la máscara que había llevado puesta todo el día, era la máscara de LA FELICIDAD, una máscara que ya estaba en desuso, una máscara antigua, una máscara ridícula.

Entonces lo comprendió todo.